La Vanguardia: Hágase Instructor de Kung Fu Sexual

La Vanguardia: Hágase Instructor de Kung Fu Sexual

Debido a compromisos profesionales, no he podido asistir a ninguna de las cinco sesiones impartidas en el Salón Erótico de Barcelona por don José Toirán, al que imagino un hombre de paz y buena voluntad aunque se presenta con el título de “instructor de kung-fu sexual”.

El Salón Erótico concluye hoy y el lector curioso aún está a tiempo de escuchar y conocer a don José Toirán, que diserta a las cinco de la tarde sobre “La mujer multiorgásmica. El orgasmo uterino y el parto con placer” y no sobre “El teatro de don Jacinto Benavente” o “La mujer de Olot, genio y figura”, disertaciones propias de los conferenciantes del siglo XX, que tendían a plastas.

Visité el salón el jueves y aún hoy, descanse en paz la Caballé, le estoy dando vueltas a lo de “instructor de kung-fu sexual”, título inquietante porque soy de una generación que en cuanto oye la palabra kung-fu piensa en un chino bajito repartiendo leches a mansalva o en un calvo tratando de “pequeño saltamontes” al primer ciclista que pasa.

Yo supongo que el kung-fu sexual es un sinvivir muy placentero –algo así como el mítico salto del tigre de los chistes del siglo XX–, llamado a combinar la elasticidad propia de las artes marciales y la del sexo con fines recreativos, ese que los casados y sin compromiso practican en sus horas libres y los divorciados cuando nos dejan porque bueno está el mercado con tanta innovación (en un stand me enseñaron novedades: un vibrador cuyo ritmo lo puede a marcar a miles de kilómetros –vía no sé qué tecnología– el manso de la afortunada).

–¿Y cómo se ha fracturado dos costillas y el metacarpiano su marido?

–Verá, Oriol, que se cree un chaval…

Por si los servicios de urgencias hospitalarios no tuvieran suficiente demanda, sólo nos falta que el kung-fu sexual gane adeptos y haya que lamentar daños colaterales por falta de forma física y pericia.

Yo no tengo nada en contra de que el sexo se ponga al día y en lugar de encender un pitillo al terminar la gente tenga la sensación de que ha ido y ha vuelto del gimnasio, pero mucho me temo que el kung-fu sexual me pilla de vuelta. A lo sumo, alcanzo a imaginar un movimiento al grito de “¡ñaca!” –onomatopeya de resonancias orientales– y la cara de sorpresa de la contribuyente, aunque no creo que eso otorgue a la maniobra categoría de kung-fu sexual.

Ya supongo que algunos listillos se las darán ahora de maestros del kung-fu sexual, una estrategia como otra cualquiera para fines ulteriores, con la esperanza de despertar el espíritu de aventura entre quienes creen que su vida sexual es rutinaria.

Una pena no haber asistido a las disertaciones de don José porque eso de repartir placer en lugar de leches haga saltamontes aunque no es la idea que yo tenía del arte del kung-fu.

Artículo Original publicado en: https://www.lavanguardia.com/opinion/20181007/452207340407/hagase-instructor-de-kung-fu-sexual.html